viernes, 26 de febrero de 2010

Cuándo uno de esos sucesos que marcan tu vida hace que tu cuerpo muera por dentro, dejando escapar la muerte hacia fuera con cada mirada, cada posición de tu cuerpo, que revela cuando el olor a lágrimas ardientes te invade, - ¡Cuántas veces las preguntas recorren mi cuerpo hasta dejarlo inválido! - desearía tener una muerte definitiva. Quiero, ya, dejar de morir en cada instante de infelicidad, por que realmente -a veces- son demasiados y así cada vez me acerco más a esa inmortalidad tan despreciable
tan sin nada, tan odiada! Quiero dejar de morir mil veces.-Su mano tomo la mía, aparecimos volando por el parque, mirando los miles de pájaros volando a nuestro alrededor, los árboles verdes por debajo nuestro y todas las mariposas celosas de los miles y miles de colores que parecíamos tener. Yo estaba maravillada de cómo aquella niña podía hacerme sonreír con el solo hecho de mirarme, era sorprendente como su sonrisa lograba iluminar todo su entorno. La niña quiso volver al parque para correr por la verde pradera, y jugar entre las flores y las celosas mariposas. ¡Es increíble como reía cuando las hojas de los árboles cercanos se acercaban para hacerle cosquillas! Yo mientras, me dedicaba a cuidarla de que los buitres no le hicieran daño. Cayó al suelo con las rodillas y las manos; pero no intentó levantarse, o no lo hizo hasta encontrar una razón para hacerlo. Desde el suelo observó nuevamente el sendero. Desde abajo se veía terrible y temeroso. Se levantó, recogió su dignidad, que estaba a punto de dispersarse en su decaída y prosiguió su viaje hacia algún destino. Pues hasta en el más terrible de los casos, no aceptaría una derrota. Tal vez jamás me dé cuenta que la niña que está de ese lado, la de los ojos sin brillo, soy yo, un tiempo después de ver como se lo llevaban.

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