viernes, 26 de febrero de 2010

Esta necesidad de necesitarte, derrochando la bolsa y la vida, lo fuí, poco a poco, dando por perdido. Tanto lo quería, que, tardé, en aprender a olvidarlo, diecinueve días y quinientas noches. Dijo hola y adiós, y el portazo, sonó como un signo de interrogación. Sospecho que, así, se vengaba, a través del olvido, cupido de mi. Me abandonó, como se abandonan los zapatos viejos. Nos dijimos adios, ojalá que volvamos a vernos. El verano acabó, el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno, y a tu pueblo el azar. Otra vez el verano siguiente me llevó, y al final del concierto, me puse a buscar tu cara entre la gente, y no halle quien de ti me dijera ni media palabra, parecia como si me quisiera gastar el destino una broma macabra. No había nadie detrás de la barra del otro verano. Trepo por tu recuerdo como una enredadera, que no encuentra ventanas donde agarrarse, soy esa absurda epidemia que sufren las aceras, si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy. Vivo en el númeor siete, calle Melancolía. Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría. Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía y en la escalera me siento a silbar mi melodía. No quiero hacerte chantaje, sólo quiero regalarte una canción. Solo te pido un abrazo más, que me apriete mucho más que ayer; Solo te pido un consejo más, que por siempre deba recordar; solo te pido un enojo más, para saber qué camino tomar; Solo te pido una sonrisa más, para saber cómo sonreir de aquí en más; solo quisiera hacerte el mejor favor, para que mi culpa se vaya con el Sol, y la Luna no me reproche lo que el tiempo no me dejó vivir con vos. Solo te pido una lágrima más, que inunde todo mi corazón; solo quisiera una última despedida, que manche de alegría el resto de mi vida; y mientras mis lágrimas de luto caen en tu mejilla, entiendo que no tendré lo que más quiero.
Solo te pido una sonrisa más, para saber cómo sonreir de aquí en más.

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